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Algo se cuece en el balcón

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Corticoides 4 a.m. o autorretrato trasnochado

He vuelto a mis centímetros, a mis rombos de detalle infinito, a la tortura. Llevo sable y palabras enmudecidas. Guerrera de lo glauco, tiniebla de origami. Algo vuelve, sí. Pero todo se ha ido. Palpito, vibro, sufro, salto y me resisto a que el día acabe. Tengo miedo cuando escucho un trueno y me maravillo cuando veo un rayo. Siento mi carne antigua, mis antiguas formas. Huelo la tinta mientras me nubla. Me vigilo. Contemplo boquiabierta la línea. Me busco a cada hora entre las patas de la mesa. Soy multianímica y tengo vitaminas. Me enamoro y entristezco con la rapidez de las metáforas. Entonces huelo a nadie. Quiero ser tantas cosas pero, a menudo, efervescentemente, me sobreviene la tristeza. Y ahí está otra vez la charca y el dinosaurio, el cloro distante, el jardín de plástico, el espejo, los símbolos envenenados.

Tengo la sombra, el río, los dos lados de la cama, la memoria, la dulzura y la ironía. El punto de fuga y las ventanas, también la silla y el espacio vacío. Cultivo larvas, larvas candentes. Vivo en la cuerda y en el soplido. En el arco tenso, en el manojo de nervios. Llevo imanes en los bolsillos y tú saliva. Este aire es el mismo que me desinfla. O son tus manos. Me doy cuerda a cada no, y a cada sí. Soy la redundancia misma, lo que está debajo del colchón, arriba del tejado. Tengo la humedad del trapo, la hermosura. El agua y la piedra flotando. Y tus pequeños cálculos de luz como un dulce insomnio. Solo necesito un metal buen conductor.
Y los pies mojados.